La Vocación de Curar – Un Viaje de 43 Años en la Medicina Argentina
El eco de una vocación temprana: Me llamo Gustavo Smilasky. Mi título de médico, obtenido en la prestigiosa Universidad de Buenos Aires en 1982. La verdadera vocación, el sentirme médico, había germinado mucho antes. Fue en las guardias hospitalarias, una actividad que, en otras épocas, permitía a los estudiantes de medicina actuar y, al mismo tiempo, aprender de forma invaluable.
La forja del practicante: El practicantado, lejos de ser incentivado por la facultad, era una búsqueda casi clandestina, sugerida por compañeros con la misma sede de saber y de ser. Porque, ser médico es algo que se lleva adentro, una pasión pura, forjada en la experiencia y avalada por los años. Después de 43 años, esa pasión por mi profesión sigue tan viva como el primer día.
El Bisturí y el Interior – Años de Cirugía y Medicina Rural
El primer amor: La cirugía: Mi inclinación inicial era clara: la cirugía. Tuve el privilegio de operar una apendicectomía en mi quinto año de facultad, una experiencia que marcó mis inicios. Tras completar mi residencia en cirugía en el Hospital Aeronáutico de Capital Federal, sentí el llamado del interior. Mi inglés no era fluido y el exterior me parecía lejano en todos los sentidos.
El desafío de la salud pública olvidada: Decidí viajar al interior, a Reconquista, una ciudad mediana en el norte de Santa Fe. Fue allí donde, durante casi 20 años, ejercía la medicina rural, a contracorriente de un país que, lamentablemente, desprecia la salud pública. Fue como "remar en dulce de leche repostero", una lucha constante contra las dificultades y, a menudo, contra autoridades nombradas "a dedo" por decisiones políticas, en lugar de por concurso, como yo siempre había esperado.
Pocos meses después de Reconquista, me mudé a Avellaneda, a solo 3 km. Era un mundo diferente: pocas calles pavimentadas, un silencio profundo en la siesta, sin radios locales, solo el eco de Radio Goya y el ritmo constante del chamamé. El verano traía un calor intenso, el zumbido incesante de las cigarras y arañas de un tamaño sorprendente.
Al principio, hacía hasta cuatro guardias semanales, atendía en mi consultorio particular y en una clínica privada. Pero fue en un dispensario, a casi 25 km más al norte, donde realmente aprendí la medicina en su forma más pura y humana. Tres comunidades aborígenes –guaycurúes, mocovíes y tobas–, con sus costumbres ancestrales, me ayudaron a encontrar lo que buscaba en la profesión, a pesar de mi "acento porteño".
Desentrañando lo Invisible – La Pasión por la Infectología
La micro-realidad que se escapaba al ojo: Inmerso en la cirugía, sentí que algo me faltaba. Veía la enfermedad en mis manos, pero no veía a los microbios (que luego aprendería que es más preciso llamar "microorganismos"). Esa inquietud me llevó a Resistencia y Corrientes, sede de la Universidad Nacional del Nordeste, para estudiar los secretos de las enfermedades infecciosas.
Pasaron tres años intensos. Con el título de infectólogo en mano, fui rechazado en la provincia de Santa Fe por "burocracia estúpida". Pero la vocación es más fuerte que los papeles. Atendí como infectólogo, aunque mi título oficial fuera el de cirujano. Aprendí muchísimo, presenté numerosos trabajos científicos en congresos de la especialidad y tuve el honor de conocer a los mejores del país en ese momento, quienes reconocieron mi trabajo.
La Búsqueda Continua – Del Hospital a la Integración y la Muerte
Más tarde, me nombraron "a dedo" director de un hospital en el sur de Santa Fe. Fue un verdadero desastre, lidiando diariamente con la política. Esa experiencia terminó pasándome factura, y terminé infartado.
Un nuevo comienzo, una nueva búsqueda. Empecé de nuevo, pero con la sensación persistente de que aún me faltaba algo en mi profesión. El bisturí ya no me alcanzaba, ni la lucha contra los microorganismos. Así que me fui a la Universidad Favaloro, en Buenos Aires –siempre viajando–, a estudiar Psiconeuroinmunoendocrinología. Una "hermosa palabra para el ahorcado", pero que encierra una verdad profunda. Lo que aprendí allí, resumido en esas siglas PINE, me enseñó a integrar la medicina ya ver las enfermedades de una manera diferente, siempre desde el lado del paciente, como decía el gran maestro, el Dr. "Paco" Maglio.
El humanismo y el bien morir: Los pacientes, lamentablemente, siguen sintiendo esa falta de humanidad en muchos médicos. A mí me tocó estar a cargo de una sala de internación y aprender a acompañar a la gente a bien morir, un lugar que nadie elegía y donde mis colegas solían apartarse con la frase: "la medicina no tiene más para dar". Fue allí donde aproveché para acercarme a un tema tan común y frecuente, tan normal y persistente, tan humano y natural, donde las religiones opinan y la gente pretende escapar: la muerte.
Es cierto que las únicas ramas de la medicina que la estudian son la anatomía patológica y la medicina forense. El médico de cabecera a pesar de la familia, y la farmacología se acaba. Pero queda el humano, en esos últimos minutos, ofreciendo palabras de aliento, caricias en las manos o en la frente. En esos años, rescaté mucha experiencia personal, aunque mi trabajo fuera muy mal remunerado.
Un legado para compartir
Un corazón gastado y una nueva misión: Mi salud se complicó, y hoy estoy "separado de las canchas", atendiendo poco el consultorio para no cansar más a mi corazón gastado. Pero me sobra tiempo, y con él, el deseo de dejar por escrito ciertos "secretos profesionales" y reflexiones que ayuden a entender mejor la medicina, una de las profesiones más antiguas y nobles del mundo.
Si querés escribirme en privado podés hacerlo a gsmilasky@gmail.com

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